La vida consagrada vale más que todas las riquezas del mundo, dice el Papa

VATICANO, 01 Feb. 20 (ACI Prensa).-
El Papa Francisco subrayó que la vida consagrada es un regalo de Dios, “no hemos merecido la vida religiosa, es un don de amor que hemos recibido”, e invitó a ver en ella un “tesoro que vale más que todas las riquezas del mundo”.

El Santo Padre se expresó así en la homilía de la Misa que, con motivo de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, celebró este sábado 1 de febrero en la Basílica de San Pedro del Vaticano.

En su homilía, el Papa estableció un paralelismo entre los consagrados y Simeón, quien al ver a Jesús niño con sus padres en el Templo “percibió, en la fe, que en Él Dios llevaba a cumplimiento sus promesas. Y entonces, Simeón podía irse en paz: había visto la gracia que vale más que la vida, y no esperaba nada más”.

Francisco explicó que, al igual que Simeón, también los consagrados “sois hombres y mujeres sencillos que habéis visto el tesoro que vale más que todas las riquezas del mundo”.

“Por eso habéis dejado cosas preciosas, como los bienes, como formar una familia. ¿Por qué lo habéis hecho? Porque os habéis enamorado de Jesús, habéis visto todo en Él y, cautivados por su mirada, habéis dejado lo demás. La vida consagrada es esta visión. Es ver lo que es importante en la vida”.

La vida consagrada, continuó, “es acoger el don del Señor con los brazos abiertos, como hizo Simeón. Eso es lo que ven los ojos de los consagrados: la gracia de Dios que se derrama en sus manos. El consagrado es aquel que cada día se mira y dice: ‘Todo es don, todo es gracia’. Queridos hermanos y hermanas: No hemos merecido la vida religiosa, es un don de amor que hemos recibido”.

En ese sentido, invitó a “saber ver la gracia” recibida en la vocación. “Mirar hacia atrás, releer la propia historia y ver el don fiel de Dios: no sólo en los grandes momentos de la vida, sino también en las fragilidades, en las debilidades, en las miserias”.

Porque “Dios siempre nos ama y se nos da, incluso en nuestras miserias”. “Cuando tenemos la mirada fija en Él, nos abrimos al perdón que nos renueva y somos confirmados por su fidelidad”.

De esa manera, “quien sabe ver ante todo la gracia de Dios descubre el antídoto contra la desconfianza y la mirada mundana”.

En ese sentido, advirtió que “sobre la vida religiosa se cierne esta tentación: tener una mirada mundana”.

Señaló que la mirada mundana “es la mirada que no ve más la gracia de Dios como protagonista de la vida y va en busca de cualquier sucedáneo: un poco de éxito, un consuelo afectivo, hacer finalmente lo que quiero. Pero la vida consagrada, cuando no gira más en torno a la gracia de Dios, se repliega en el yo. Pierde impulso, se acomoda, se estanca”.

“No se ve más al Señor en cada cosa, sino sólo al mundo con sus dinámicas, y el corazón se entumece. Así uno se vuelve rutinario y pragmático, mientras dentro aumentan la tristeza y la desconfianza, que acaban en resignación. Esto es a lo que lleva la mirada mundana”.

Por el contrario, “quien tiene la mirada en Jesús aprende a vivir para servir”. “No espera que comiencen los demás, sino que sale a buscar al prójimo, como Simeón que buscaba a Jesús en el templo”.

“En la vida consagrada”, preguntó el Papa, “¿dónde se encuentra al prójimo? En primer lugar, en la propia comunidad. Hay que pedir la gracia de saber buscar a Jesús en los hermanos y en las hermanas que hemos recibido. Es allí donde se comienza a poner en práctica la caridad: en el lugar donde vives, acogiendo a los hermanos y hermanas con sus propias pobrezas, como Simeón acogió a Jesús sencillo y pobre”.

Finalmente, señaló que “los religiosos y las religiosas, hombres y mujeres que viven para imitar a Jesús, están llamados a introducir en el mundo su misma mirada, la mirada de la compasión, la mirada que va en busca de los alejados; que no condena, sino que anima, libera, consuela. La mirada de la compasión”.

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