Vaticano no dejará de alzar la voz ante “derechos” contrarios a la ley natural

REDACCIÓN CENTRAL, 17 Nov. 18 (ACI Prensa).-
El Secretario de Estado del Vaticano, Cardenal Pietro Parolin, afirmó que la Santa Sede alzará la voz allí donde se promuevan “derechos” contrarios a la ley natural.

Así lo indicó el Cardenal el 15 de noviembre en el simposio internacional “Derechos fundamentales y conflictos entre derechos”, organizado por la Fundación Vaticana Joseph Ratzinger – Benedicto XVI en colaboración con la Universidad Lumsa en ocasión del 70 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.

“Allá donde se promueven ‘derechos’ que la Iglesia considera incompatibles tanto con la ley divina como con la ley natural, conocible con la recta razón, la Santa Sede no dejará de alzar su voz en defensa, sobre todo, de la persona humana”, resaltó el Cardenal Parolin.

“No se trata de atrincherarse en posturas preconcebidas, sino más bien de defender el desarrollo armonioso e integral del hombre, porque desafortunadamente, como señalaba el Papa Francisco, ‘está también el peligro –en cierto sentido paradójico– de que, en nombre de los mismos derechos humanos, se vengan a instaurar formas modernas de colonización ideológica’, por lo que algunos derechos fundamentales se dañan en nombre de la promoción de otros derechos”, resaltó el Secretario de Estado.

El Cardenal Parolin dijo además que hoy en día se puede constatar “una toma de distancias, tanto en algunos ámbitos del llamado Occidente, como en otros contextos culturales, casi como si el significado profundo de los derechos humanos se pudiera contextualizar y aplicar solo en ciertos lugares y en una cierta época, que ahora parece irremediablemente orientarse hacia el ocaso”.

Sin embargo, continuó, “es necesario recuperar la dimensión objetiva de los derechos humanos, basada en el reconocimiento de que ‘la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana’”.

“Sin tal visión, se establece un cortocircuito de los derechos que, de universales y objetivos, se convierten en individuales y subjetivos, con la consecuencia paradójica de que ‘cada uno se convierte en medida de sí mismo y de sus actos’, y ‘esto lleva al sustancial descuido de los demás, y a fomentar esa globalización de la indiferencia que nace del egoísmo, fruto de una concepción del hombre incapaz de acoger la verdad y vivir una auténtica dimensión social’”.

El Cardenal explicó asimismo que “solo manteniendo viva la conciencia de la valencia universal de los derechos humanos podemos evitar esta deriva, que resulta en la proliferación de una ‘multiplicidad de ‘nuevos derechos’, no pocas veces en contraposición entre ellos’ y, al mismo tiempo, iniciar un diálogo vasto especialmente en el ámbito de la ONU donde tienen lugar la mayoría de las discusiones sobre el tema”.

En los últimos tiempos “parece haber prevalecido una visión fragmentada del hombre, liberado de cualquier vínculo, tanto con lo sobrenatural como con los otros hombres, de modo que se ha activado un mecanismo por el cual los derechos humanos están sujetos al ‘sentimiento común’ de la mayoría”.

“En la reflexión de la Iglesia, sin embargo, no existen los derechos de ‘un hombre liberado de cualquier vínculo’, no hay un ‘hombre fragmentado’ en sus diversos aspectos sociales, económicos, religiosos, etc., sino el hombre en su totalidad”.

El Cardenal Parolin dijo luego que la parábola del Buen Samaritano permite comprender una paradoja que es verdadera: “En el origen de los derechos humanos no hay un derecho, sino un deber”.

“Mirar al hombre, independientemente de sus características físicas, mentales, étnicas o religiosas, como una persona con su dignidad inherente es precisamente la novedad que Jesús introduce en el mundo con la parábola del Buen Samaritano”.

En este sentido, explicó el Secretario de Estado del Vaticano, “el concepto mismo de derecho humano tiene grabado en su ADN la caridad evangélica que completa y, podríamos decir, sublima la naturaleza misma del hombre”.

“Con esto no pretendo afirmar una coincidencia entre el mensaje evangélico y los derechos humanos. Hay una diferencia profunda y radical, ya que los últimos apelan a la razón y a la ley natural, mientras que el primero apela a la revelación divina. Sin embargo, como no hay coincidencia, tampoco hay oposición allí donde en el centro está el hombre en su integridad racional, afectiva y social, y los derechos se entienden y se profundizan de acuerdo con la recta razón”.

Por lo tanto, “la Iglesia enfoca positivamente los derechos humanos, porque a través de ellos toda la humanidad toma conciencia de la dignidad de cada persona humana. En esta perspectiva, la Santa Sede trabaja por un debate sereno, fructífero y honesto”, subrayó.

El Cardenal alertó asimismo que “la tentación moderna es acentuar mucho la palabra ‘derechos’, dejando de lado la más importante: ‘humanos’. Si los derechos pierden su nexo con la humanidad, se convierten solo en expresiones de grupos de interés”.

En el debate sobre los derechos, “el desafío para la Iglesia y, por lo tanto, también para la Santa Sede en los diversos foros internacionales no es defender posiciones o ‘poseer espacios’, como diría el Papa, sino proponer de manera simple y transparente su visión del hombre: no el producto solitario del azar, sino el hijo de un Padre amoroso, que ‘a todos da la vida, el aliento y todas las cosas’. Es un camino arduo, que sin duda merece ser recorrido”.

Tres derechos fundamentales

El Secretario de Estado del Vaticano explicó luego que la Santa Sede siempre defiende tres derechos específicos que considera esenciales.

“En primer lugar, está el derecho a la vida contenido en el artículo 3 de la Declaración de 1948. Esta es la verdadera base de todos los derechos humanos. La actividad multilateral de la Santa Sede, en cualquier foro internacional, así como en las relaciones con los Estados, siempre tiene como objetivo defender este derecho”.

“Junto con la defensa del comienzo de la vida y de su fin natural, que constituye la premisa fundamental de la promoción del derecho a la vida, hoy existen nuevos desafíos relacionados con la biotecnología moderna y, a veces, favorecidos por una legislación más bien permisiva”, resaltó luego.

Ante desafíos como la manipulación genética, “la Iglesia está comprometida a subrayar el valor único e irrepetible de cada vida, don precioso de Dios. ‘El cristiano –recordaba  Benedicto XVI– está continuamente llamado a movilizarse para afrontar los múltiples ataques a que está expuesto el derecho a la vida. Sabe que en eso puede contar con motivaciones que tienen raíces profundas en la ley natural y que por consiguiente pueden ser compartidas por todas las personas de recta conciencia’”.

“Desgraciadamente, el derecho a la vida parece ser el más expuesto al individualismo que caracteriza en particular las sociedades occidentales. En el intento constante de liberar al hombre de Dios, la vida deja de ser un don y se considera más bien como una propiedad, de la cual cada uno puede disponer libremente dentro de los límites establecidos por el simple consenso de la mayoría. Esto hace que el diálogo sea más complejo, debido a la dificultad de encontrar un terreno metafísico y léxico común en el que encontrarse”.

En este ámbito, el Cardenal recordó que la Santa Sede anima a la “eliminación universal de la pena de muerte”, algo alentado por el mismo Papa Francisco que el pasado 2 de agosto decidió actualizar el Catecismo de la Iglesia Católica, declarándola inadmisible.

Un segundo ámbito de importancia de la Santa Sede está en “promover los derechos de los migrantes y de los refugiados. En las diversas crisis de los últimos años, el Santo Padre no ha dejado de hacer oír su voz ante una tragedia de inmensas proporciones, fuertemente dañosa para la dignidad humana”.

“Sin embargo, no hay que detenerse en los malentendidos. El mismo Papa Francisco no ha dejado de subrayar que la acogida debe ser razonable, es decir, debe ir acompañada de la capacidad de integración y de la prudencia de los gobernantes”.

El Cardenal Parolin dijo también que “afirmar el derecho de quien es débil a recibir protección no significa eximirlo del deber de respetar el lugar que lo acoge, con su cultura y sus tradiciones. Por otro lado, el deber de los Estados de intervenir en favor de quienes están en peligro no significa abdicar del derecho legítimo de proteger y defender a sus ciudadanos y sus valores”.

El tercer aspecto tiene una doble dimensión: la libertad religiosa y de consciencia: “Este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”, subrayó.

Sobre la libertad religiosa, el Cardenal destacó que “consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos”.

Junto con la libertad religiosa, es importante afirmar la libertad de conciencia. “Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana”.

En nuestros días, lamentó el Secretario de Estado, “se asiste con preocupación a los intentos de reducir este derecho que corre el riesgo de ser marginados y limitados, especialmente en lo que respecta a la objeción de conciencia en materias delicadas relacionadas con la vida”.

“Para la Iglesia, la objeción de conciencia es, en cambio, un derecho fundamental ya que, como afirma Gaudium et Spes, ‘la conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre’, y por lo tanto no puede violarse sin dañar a la persona humana”, resaltó.

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