Para la generación hija del divorcio la confesión es revolucionaria, afirma Cardenal

ROMA, 01 May. 18 (ACI Prensa).-
El Penitenciario Mayor de la Iglesia, Cardenal Mauro Piacenza, afirmó que para los jóvenes que constituyen la “generación hija del divorcio” acercarse al sacramento de la confesión es un acto “radicalmente revolucionario” y “contracultural”.

En el marco del congreso “La confesión de los jóvenes, fe y discernimiento espiritual” realizado hace unos días en Roma, el Cardenal dijo que “la generación hija del divorcio ha experimentado en su propia piel las dificultades, los dolores y las heridas de la disgregación familiar”.

“No se resigna a la llamada ‘familia extendida’ (…) sino que exige, por el contrario, la familia fiel, en la cual la certeza de la estabilidad de las relaciones prevalezca, sobre todo para los adultos, por encima de los egoísmos personales y la tentación de hacer el mal para satisfacer los propios instintos o caprichos”.

El Cardenal Piacenza explicó que aunque “ser cristiano hoy, para un joven, es algo profundamente anticonformista, casi al límite de ser considerado ingenuo y radicalmente contracorriente”, es importante recordar que los jóvenes “son particularmente generosos para usar sus energías en lo que quiere su corazón, pero son menos fuertes en la capacidad de aplicar estas energías en la modificación de los propios comportamientos en el ámbito ético y moral”.

En una sociedad que restringe las relaciones humanas, el joven católico está “llamado constantemente a expandir su horizonte y a escapar del condicionamiento que la cultura dominante obsesivamente le impone”.

Por ello, resaltó, “un joven que llega a pedir a la Iglesia y a su sacerdote que celebre para él el sacramento de la Reconciliación, realiza un acto radicalmente revolucionario, contracultural”.

A través de este sacramento, continuó el Cardenal, el joven podrá acercarse al Señor y podrá vivir “el encuentro con Cristo que determina, cuando es auténtico, un descubrimiento, una capacidad nueva de análisis, una energía nueva, imprevista y extraordinaria, de la que permanentemente se puede partir para cambiar el propio corazón, o al menos para pedir que sea cambiado”.

Ante esta realidad, los sacerdotes deben recordar que “el corazón del hombre es siempre nuevo y siempre pide ser educado para encontrar el bien y lo verdadero, reconocerlo en la propia naturaleza y aprender a seguirlo”.

Por ello, resaltó el Purpurado, la Iglesia no puede perder “una sola ocasión en los encuentros sacramentales y en las celebraciones de la liturgia para mirar a los jóvenes que aguardan a Cristo, el Evangelio y la Iglesia; porque de eso seremos responsables ante Dios”.

En esta perspectiva, destacó el Penitenciario Mayor de la Iglesia, sería “delictivo si, como pastores, no estuviéramos al tanto de la importancia, desde el punto de vista ritual o sacramental, de los gestos de nuestros jóvenes, y de la significación profética, evangélica y, por lo tanto, histórica y cultural” de estos “actos ‘reales’, ‘subversivos’. Solo ellos tienen el poder silencioso pero permanente para vencer las ilusiones del mundo y las seducciones de la cultura dominante”.

Para concluir, el Cardenal resaltó que la responsabilidad de acoger y amar a estos jóvenes “pesa sobre la porción del pueblo de Dios que ha recibido de Cristo el mandato de absolver los pecados, pesa toda sobre los obispos y sacerdotes llamados a ser auténticos ministros de la misericordia, leyendo en cada celebración del sacramento toda la perspectiva existencial, profética y cultural que está en ella contenida; ofreciendo a los jóvenes aquello que tanto necesitan: Cristo”.

“Ningún otro ofrecimiento, por más moderno, mundano o apelante que sea, otorgará a los jóvenes lo que Cristo tiene para darles”.

Traducido y adaptado por Walter Sánchez Silva. Publicado originalmente en ACI Stampa

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